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Reflexiones
Padre Nicolás Schwizer Nº 34 - 01 de mayo de 2008

Espiritualidad laical

Mucho se habla hoy de “la hora de los laicos”. El Padre Kentenich, el fundador del Movimiento de Schoenstatt, lo explica: La movilización total del infierno nos exige tomar conciencia de que cada uno debe estar presente, de que cada uno debe ser apóstol y soldado de Cristo. Hoy en día los laicos deben estar en el frente, deben luchar por el cristianismo.

Podemos agregar: “Ha llegado la hora de los laicos marianos”. Creo que todo esto ha de darnos una conciencia más clara de nuestro estado laical y de nuestra misión laical. Tenemos que cultivar esta conciencia en nosotros. No es suficiente que lo sepamos, sino tiene que penetrar en nuestro sentimiento y nuestro corazón. Y esa es también la base para que seamos más autónomos como laicos.

Lo señalado sobre “la hora de los laicos” se refiere también a la vocación de los laicos a la santidad.

Antes, para ser santo, uno tenía que entrar en un convento o hacerse sacerdote. Para usar una imagen del Padre Kentenich, esa gente viaja en un tren expreso hacia el cielo. Y ahora se le invita también a los laicos a subir al mismo tren de la santidad.

Para una espiritualidad laical es entonces importante, integrar todo lo que forma parte del mundo laical: el mundo, el trabajo, la familia, la sociedad. Todo ello ha de ayudar para crecer en el camino del laico hacia la santidad. No puede ser, por eso, una copia de la espiritualidad monacal o sacerdotal. Tiene que enfocar el misterio cristiano desde una óptica laical.

María, ejemplo preclaro de una espiritualidad laical vivida

Ella es ejemplo preclaro de una vida laical en medio del mundo. No caracterizan a la Virgen María los milagros ni las cosas extraordinarias visibles en su vida. Lo más grande se realiza en Ella en medio de la sencillez y simplicidad de lo cotidiano, de los quehaceres de dueña de casa, como mujer del pueblo. Ella no practica una “huida del mundo”, sino se santifica en medio del mundo.

María está centrada en el Dios de la vida. A Él le sigue en el claroscuro de la fe. Cree en la Providencia de Dios Padre, hasta sus últimas consecuencias: en Belén, en Egipto, en Nazareth y en el Gólgota.

La espiritualidad laical de María no tiene nada de libros. Todo en Ella posee la lozanía de un trato personal con el Señor y la preocupación maternal por los hombres en sus necesidades cotidianas. Su santidad se realiza dentro de las ocupaciones “profanas”: sus deberes de madre, esposa, dueña de casa y buena vecina.

María, se siente y sabe profundamente comprometida con su pueblo de Israel. Sabe que por haber aceptado ser Madre del Mesías, ocupa un lugar clave en la historia. Y no se acobarda aunque su compromiso la lleve a estar junto a la cruz y una espada traspase su corazón.

Esta Virgen, hermana y madre nuestra, compañera y colaboradora del Señor, encuentra el alimento de su espiritualidad en el contacto vivo con el Dios de la vida. Sus palabras las escucha meditándolas en su corazón y poniéndolas en práctica. Su participación en la comunidad cristiana primitiva, en sus reuniones eucarísticas, debe haber sido extraordinariamente profunda. Quién podía estar más compenetrada que Ella de la renovación del sacrificio de Cristo, luego de haberse ofrecido con Él como una sola hostia al Padre.

Por todo esto, María es ejemplo preclaro de una vida laical, de una santidad en medio del mundo. Por Ella tenemos que guiarnos y su espiritualidad hemos de imitar.

Preguntas para la reflexión
1. ¿Cómo podríamos como laicos asumir más responsabilidades en la vida y la expansión de la Iglesia?
2. ¿Qué me dice la frase?: Todos están ahora llamados a transformarse en santos, cada uno en su ambiente.
3. ¿Cómo me imagino el día a día de María?


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