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Reflexiones
Padre Nicolás Schwizer N° 20 – 01 de octubre de 2007

El infantilismo

Es una acentuada desarmonía entre la edad y la posición que se toma ante la vida. O más concreto: es la desarmonía entre el amor al yo y el amor al tú, en el sentido en que uno sobrevalúa o se decide por el amor a sí mismo. Infantilismo es la incapacidad de brindarse al Tú, es querer recibir donde uno debería dar. Es estar sumergido en el Yo, es girar en torno a sí mismo. Algunos tipos de infantilismo son:

El yo caprichoso. Pone en el centro de su vida las ganas, los gustos. Su gran frase es: “no me da la gana”. Se caracteriza por una gran inestabilidad de ánimo. Cuando me siento bien, soy un tipo formidable, converso con todo el mundo, ayudo a los demás. Pero cuando me siento mal de ánimo, soy un desastre, nadie me puede aguantar. Soy dominado por mis gustos. Para mucha gente, la vida espiritual depende de las ganas: rezan en la mesa o van a la misa dominical sólo cuando tienen ganas, cumplen el propósito del grupo según sus ganas.

Hemos de preguntarnos: ¿dependemos en cada momento de nuestros estados de ánimo: hoy alegres y contentos, mañana con mal genio?

O en la vida familiar. Cuando vuelvo a casa, no me pregunto: ¿Cuál es mi deber, mi tarea como papá o como mamá? ¿Qué es lo que Dios me pide en mi casa? Si no pienso en el diario que voy a leer, en la telenovela que voy a mirar. No pienso en lo que puedo brindar, sino en lo que la casa me puede brindar a mí: descanso, paz, tranquilidad. El yo caprichoso se da cuenta de lo que necesita él, pero no se da cuenta de lo que necesitan a su alrededor.

Tiene también una gran inestabilidad de sentimientos que le hace subjetivo. P.ej. tengo un amigo a quien adoro, pero escuché algo negativo que dijo de mí, y a partir de ahí ya no lo aguanto más. No me pregunto si es cierto lo que me contaron. No me pregunto si es grave lo que dijo este amigo. Habló mal de mí, me hirió, y eso es suficiente. Ya no quiero saber nada de él.
Entonces comenta el Padre: Toda persona que ha sido herida tiene que cuidarse y fijarse si lo que dice es verdadero; en tales casos, con frecuencia el 90% del juicio es subjetivo.

El yo autocompasivo. Es el que se compadece a sí mismo, el que tiene conciencia de mártir. Siempre ve p.ej. la crítica que le hacen como falta de amor. No es capaz de recibir una sola crítica, ni la mejor fundada. ¿Y por qué? Porque el yo está tan en el centro que no admite estar errado en algo. Por otra parte, es una persona que se queja continuamente: todos están en mi contra, nadie me comprende. Y siempre va a encontrar la culpa en los otros, nunca en sí mismo. Es también una persona que se defiende mucho. Es un signo de gran madurez, el defenderse poco; el confiar que la defensa va a venir por otros caminos. En cambio, el defenderse permanentemente, es un signo de inmadurez.

Podríamos hablar de las injusticias, puede ser una grande, seria, p.ej. calumnias graves, me robaron la fama, perdí el trabajo por ello. O pueden ser injusticias pequeñas, de cada día, pero repetidas. P.ej. en nuestra vida matrimonial: una palabra fuera de lugar; críticas exageradas; de que soy siempre yo el que tenga que pedir disculpas y nunca el otro. Son pequeñas injusticias que van creando en mí una sensación de autocompasión muy grande, y que puede convertirse en amargura.

El yo agresivo. Es un yo que siempre se considera atacado, agredido y por eso siempre está agrediendo. Es la persona que ve en peligro su yo, sus derechos, su libertad y por eso siempre está atacando. Se siente, pospuesto, infravalorado, desvalorizado, ve confabulaciones en todas partes. Cree que todo el mundo está en contra de él. Estas personas sufren mucho; de hecho todo infantilismo nos hace sufrir mucho.
Pregunta para la reflexión

1. ¿Qué formas de inmadurez afectiva puedo encontrar en mi personalidad? (p.ej. reacciones primitivas o negativas, pesimismo, momentos de impotencia y desvalimiento, resignaciones, frustraciones, antipatías, cobardías, etc.)

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