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Reflexiones
Padre Nicolás Schwizer N° 23 – 15 de noviembre de 2007

Arraigo en el Padre Fundador

La vivencia, la relación personal con el Fundador es un don. Es una gracia que encierra una experiencia que nadie nos puede dar desde afuera. Ha de hacerla cada uno: encontrarse, vivir su historia con Él y quererlo personalmente en la medida que experimente su cariño. Tarde o temprano, a cada schoenstattiano le llegará ese momento de gracia.

¿Qué podemos hacer en concreto para que se nos dé esa gracia? ¿Cómo podemos abrirnos a la gracia de un profundo arraigo en el PF?

1. Conocerlo. Es difícil, querer a alguien a quien no conocemos bien. El primer paso es conocer al Padre, interesarnos por Él, abrirnos a su persona. A muchos les cuesta leer y estudiar, pero es la mejor forma para conocerlo a fondo, su persona, su vida y su obra. Si queremos acercarnos a Padre Fundador, hemos de hacer ese esfuerzo.

Así descubriremos que el sentido más hondo de su vida era ser Padre. A lo largo de los años podemos ver como creció y se desarrolló esa gracia de la paternidad que Dios le concedió.
Él sentía y decía que su ser padre fue el núcleo de su personalidad y misión. Dios nos dio así un Fundador cuyo carisma personal fue el de irradiar ese rostro de padre. Dios Padre nos regaló un reflejo vivo de su propia paternidad.

Estudiando la vida del P. Kentenich, podremos descubrir otro rasgo esencial de su personalidad: frente a los hombres, Él era y quería ser siempre padre, pero frente a Dios se sentía siempre como niño, como el niño más pequeño.
El hombre maduro es hijo y padre, es como un puente a través del cual Dios quiere darse a nosotros. Ese es el ideal que el Padre predicó y encarnó durante toda su larga vida.

2. Reconocerlo. Conocer y reconocer no es lo mismo: p.ej. el diablo conoce a Dios, pero no la reconoce. ¿En qué sentido hemos de reconocerlo?

Como Cabeza de la Familia de Schoenstatt. Como tal tiene una posición de primacía dentro de la Familia. Personalmente es el portador de una gran misión, misión que ha entregado a toda la Familia. Pero es Él quien la recibió. Por eso, tenemos que reconocerlo y aceptarlo como Cabeza, si queremos pertenecer a su Familia.

3. Seguirle. No es suficiente sólo reconocerlo. Debemos identificarnos con Él y con su obra. Su vida ejemplar lo autoriza para ser nuestro modelo. Porque Él es la mejor encarnación de lo que Schoenstatt pretende: crear un hombre nuevo, en una nueva comunidad. Hemos de ser fieles a su espíritu, sus principios, su misión. Sólo así seremos auténticos hijos suyos que puedan llevar adelante su obra.

4. Vincularnos. El Padre, de su parte, quiere tomar contacto con cada uno de nosotros, nos busca, nos invita a acercarnos a Él. Debemos recibirlo, darle un lugar en nuestra vida, acogerlo en nuestro corazón. Aceptarlo como nuestro padre, sentirnos hijos suyos. Así empezaremos a compartir nuestra vida con Él, así como la compartimos con María.
Entonces vamos a empezar a dialogar con Él, contarle nuestras alegrías y penas, luchas, éxitos y fracasos. Le pediremos consejo, ayuda. Vamos a confiarle y rezarle, p.ej. la novena... Y entonces vamos a entregarnos también a Él, a su cuidado y protección paternal, a su mano conductora y educadora.

Y el fruto de toda esa vinculación creciente al Padre, es un arraigo hondo en su corazón. Allí nos recibe a todos nosotros, nos hace sabernos y sentirnos sus hijos queridos, nos cobija en su amor paternal. Y, por sobre todo, nos lleva al corazón de Dios, donde nos sentiremos acogidos y arraigados eternamente.

Preguntas para la reflexión

1. ¿Rezo la novena del Padre?
2. ¿Cuánto conozco de la vida del Padre Fundador?
3. ¿Es un modelo para mí?

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